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Un día

PARTE I

Hoy es uno de esos días grises en que todo se ha liado en el trabajo. Sales con el humor torcido y aún cuando llegas al coche estás dándole vueltas a la cabeza de lo que ha sucedido. Sigues medio enfadada y desconcertada y lanzas tu bolso al asiento de atrás, un soplido en tus labios intenta alejar el estrés, pero las primeras gotas en el parabrisas te hace lanzar unas palabras que no son dignas de una señorita.

Consigues salir del aparcamiento y cuando enfilas el camino, te paras. El tráfico. Maldito tráfico a esta hora. El blanco de tus nudillos se acrecienta agarrando el volante y a modo de venganza elevas el volumen de la música del coche, no las escuchas pero al menos no de dejar ver los pensamientos que hay en tu mente. Entre tanto ruido suena tu teléfono, un mensaje. Soy yo.

Respondes rápido, con la agilidad de la experiencia de nuestras comunicaciones y vuelves a dejar el teléfono en el bolso, para volver a sonar justo en ese momento. Así que tu mano vuelve a recogerlo y media sonrisa se tercia en tus labios. La lluvia se intensifica y avanzas a golpe de rueda, pero ahora los ecos del trabajo se van despejando y otra de mis frases te hace sonreír. Respondes ágil, pero metes el móvil en la entrepierna, porque sabes que no voy a tardar en contestar.

Tampoco es que vayas muy lejos, pero llevas más de media hora hablando conmigo a mensajes y la batería comienza a palidecer. Ya no te importa estar atrapada en el coche, porque en la distancia estoy yo contigo. Así que alejas el teléfono y sonríes de forma casual y sacas una foto, tal como seguramente te habré pedido. Sabes lo mucho que me va a gustar, así que tomas un par más con diferentes caras y me las mandas seguidas.

El teléfono suena y suena, ya casi no permanece apagado y mientras conduces a cinco kilómetros por hora, vamos riendo y hablando. Tu salida es la próxima, aceleras y a dos calles está tu café, ese que con tanta necesidad esperas. Tu vicio de cada tarde tu tranquilidad de todos los días. Me mandas un mensaje diciendo que espere, que vas a entrar al bar y que en un momento volverás conmigo. Nos despedimos rápido, los típicos besos electrónicos, la carita sonriente y la promesa de volver a estar juntos.

Entras en el establecimiento y sonríes, te diriges a la mesa y con suspiro dejas caer bolso y abrigo, la lluvia ha empapado tu chaqueta y apacguado el fuego de tu pelo. Sonríes cuando ves el café delante de ti, humeante y caliente, ese olor intenso. Alzas los ojos y te encuentras con mis palabras: “Llegas tarde, me haces sufrir echándote de menos”. Te inclinas un poco y me besas en los labios, ya no hay café, ni bar, ni lluvia, ni coche, ni tráfico, ni estrés, ni tiempo, solos tu y yo, fundidos en nuestro beso.

PARTE II

Después de hablar un buen rato, de más risas, el café ya se ha terminado. Entre risas y cosas series hemos contado nuestro día y los planes. Algún que otro recordatorio. Mi mano siempre en tu muslo, para sentirte bien cerca y los ojos clavados en tus pupilas, mirándote toda el alma. Estando tan cerca, los besos castos van y vuelan, pero en el bar la gente está centrada en tus charlas y nosotros ajenos, estamos en nuestro mundo.

Hay uno de los botones de tu blusa que lleva un buen rato indecorosamente abierto, ha sido cuando has ido al baño, de regreso ese botón se ha liberado, no sé si por propia voluntad o por tu propia manipulación. Ya son varias veces que mis ojos se han colado entre tu tela, para rozar con mis pupilas la suavidad de tu piel, ha sido dos o cuatro o veinte aventuras, me has cazado en alguna y has sonreído pícara. Así con voz infantil me has preguntado si me gustaba lo que veía y te he devuelto en un susurro en tu oído, lo mucho que te deseo.

Has puesto tu mano sobre la mía, que no se mueve de tu muslo y la has subido un poco más arriba, hasta rozar la unión de tu pantalón, donde has apretado con fuerza, cerrando los ojos y abriendo los míos por la sorpresa. “Te voy a dar un regalo” me dices y de tu bolsa sacas un pedazo de ropa que me das en la otra mano. Por la suavidad y la blonda, son las mismas braguitas que llevabas esta mañana y ahora me entregas como fetiche y cuando ves mi reacción vuelves a susúrrame que quieres hacerme el amor.

Salimos a buscar el coche, ha oscurecido a noche cerrada, es lo que tiene e otoño, los día se hacen tremendamente cortos y la lluvia torrencial nos recuerda que no llevamos paraguas, pero me besas tan ardiente que casi hago evaporar el agua de mi cuerpo. A la carrera llegamos al coche, abres y entre risas de empapados vuelves a besarme. Hay fuego en tu mirada y tu labios entre abiertos no dejan de enamorarme, no hay forma que en la que no quiera besarte.

Reclinas tu asiento y con velocidad te bajas los pantalones, te pasas a mi asiento y te sientas sobre mí. Con la mano buscas el cierre de los míos y te deslizas en mi interior hasta extraer la erección que tu me has provocado. Friccionas un poco, con una de tus muchas manos has conseguido hacer al mismo tiempo que mi asiento también se recline y prácticamente te tengo sobre mi pecho, formamos casi una persona y con delicadezas me conduces a la entrada de nuestro deseo. Ahí, cuando está embocado, desciendes y me obligas a entrar en tu interior, eres la araña y yo tu comida que apenas puede hacer nada. Porque eres tu que golpe de movimiento de tus caderas nos haces el amor.

Fuera, la lluvia intensa sigue, la oscuridad es casi noche y el coche con los cristales empañados de nuestro aliento y un ligero movimiento constante, apenas se distingue nada. Pero dentro, estamos tu y yo, como adolescentes haciendo el amor en el coche, en una pasión desbocada como cada uno de nuestros encuentros

PARTE III

Llevas un rato echada en el sofá y el sueño se ha apoderado de todo tu cuerpo, no es profundo, pero ya te has relajado por completo. Ese sofá hace estragos en tu cuerpo, lo trata de tal forma que me siento celoso y aunque en la televisión la película que estábamos viendo ya la he visto mil veces, no puedo dejar de mirarte, sobre el sofá, dormida.

Tienes el cuerpo ligeramente inclinado hacia afuera, la piernas recogidas, con los dedos de los pies bajo mi muslo. Los brazos recogidos en tu regazo y la cabeza apoyada en un cojín. El pelo, suelo cae en cascada sobre parte de tu cara, como queriendo protegerte de la tenue luz de la habitación, el resto alborotado sobre el cojín. Tu respiración es acompasada, fluidamente lenta de un cuerpo dormido.

Los rasgos de tu cara están relajados, reconozco cada curva que hay en ellos, cada señal que me encanta, la forma de tu coqueta nariz y los labios que tantos besos he dejado, los párpados cerrados no me dejan ver el color de tus pupilas, pero frenéticas bajo ellas está el sueño rozando tu conciencia. Aún llevas el pantalón de calle y la camiseta de punto ancha que deja entrever para de tu hombro. La tentación se aprovecha de mi.

Apago la televisión y me levanto, te contemplo y no puedo creer que seas mia, por entera y que hoy en esta aburrida película has sucumbido como muchas veces te he visto hacer y cada una de ellas una sensación de dulzura se apodera de mi. Dejo un leve beso en la comisura de tus labios, mientras te aparto un poco el pelo. Te alzo en brazos, eres ligera en mi pecho y camino hacia nuestra habitación, para dejarte suavemente sobre las sábanas.

Mil veces te he desnudado y mis manos han volado sobre tu cuerpo para arrancarte los placeres, pero ahora te desnudo con calma y delicadeza, fuera pantalón y calcetines, fuera ropa interior. La camiseta es más complicada y casi despiertas en la operación, pero ya sin sujetador, suspiro por un momento por tenerte completamente desnuda a mis deseos. Deslizo uno de mis boxers entre tus piernas y tu camiseta de dormir que antaño era mía y ahora te la has apropiado.

Sigues dormida, no te has dado cuenta de lo que ha pasado, me desnudo y me acuesto a tu lado. Estiro el brazo para apagar la poca luz de la habitación y de forma automática te giras hacia mí. Tu pierna sobre la mía, tu vientre pegado en mi costado, tu mano abrazando mi esternón y tu cabeza en su almohada natural que es mi pecho. En esa posición continúas durmiendo. Mañana tú no te acordarás de nada y pero la sonrisa que yo tengo ahora, la disfrutaré siempre.

PARTE IV

Suena tu teléfono, es el despertador de cada mañana. Hoy no es distinto de cualquier otro día laboral. Como puedes, alargas el brazo e intentas silenciarlo, pero en mi abrazo apenas puedes moverte. Serpenteas tu cuerpo para deslizarte un poco fuerza de mi cuerpo y alcanzas justos en el momento en que vuelvo a atraerte hacia mí, con un gruñido matutino te apretó más a mi pecho.

El calor de tu cuerpo desnudo contra el mío me hace despertar una sonrisa, igual que la tuya que no puedo ver, pero que imagino que tienes al sentirte presa de mi abrazo. Esos cinco minutos más antes de despertar, es el placer de estirar un poco más el sueño y sentirte que ahora eres real. Nos hacemos los dormidos, pero nuestras manos se entelazan mimosas y poco a poco te vas girando, hasta que nuestros párpados cerrados se encuentran frente a frente. Abro lo ojos, como puedo y te encuentro dormida frente a mí. Cierro los ojos y si os hubiese mantenido abiertos, hubiese visto abrir los tuyos buscando los míos.

Mis manos recorren tu espalda, de arriba abajo en señal de caricia, ahora si veo tu sonrisa y tus pupilas, un ben día silencioso, mientras un gemido entre felino y protesta hacen contonearse tu cuerpo rozando más el mío. Nuestra respiración comienza a crecer, igual que los besos, que son ligero y mañaneros, pero va ganando intensidad cada vez un nuevo deseo se despierta. Uno en la mejilla, otro en la punta de tu nariz, el siguiente en los labios y otro en tu fetchista frente. Un beso en la barbilla y otro en el párpado. No hay orden para ir despertando, pero si mucha delicadeza y ternura.

Tus piernas se entrelazan con las mías y juegas a caricias con tus pies, siento tu pecho clavado al mío, cada vez que inspiras te acercas a mi placer, cada vez que expiras no sé cómo decirte lo mucho que te echo de menos. Sin saber cómo me has puesto boca arriba, tu cuerpo sobre el mío, tu instinto de juego se ha despertado y lo que al principio parecía un tierno despertar se está convirtiendo en algo mucho más salvaje. Obviamente me dejo llevar, porque tus besos van quemando mi piel, en marcas eternas que luego me aseguraré de renovar.

Allí, bajo las sábanas, nos despertamos en cuerpo y alma, dejando que ambos hablaran con sus palabras, donde miles de sensaciones llenaron nuestros cuerpos. Lo que el despertador no consiguió lo hizo nuestro deseo. Hoy mil besos tuyos me acompañarán allí donde vaya y el aroma de tu cuerpo me vestirá de las escenas que hemos compartido. Bajo las sábanas de esta mañana, de un día cualquiera, en lo que nosotros llamamos amor.

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