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Despertar

Despierto, lentamente. Apenas soy consciente veo como el sol se filtra por la persiana. La oscuridad de la habitación hace contraste con el sueño de mi pijama, porque aunque el despertador haya sonado, mi cuerpo se niega a salir de la cama. Una vuelta más me recuerda el calor del sueño que he tenido y una leve sonrisa del recuerdo, me llena el corazón.

El suelo está frío y lo siento subir por cada nervio de mi cuerpo, un tremendo latigazo de que el verano hace tiempo que se fue y ahora estamos en las puertas del invierno. Una desperezo aquí, un bostezo allá, el sueño es ese lastre que me recuerda que ayer fui a dormir tarde. Mi cuerpo ya no es joven y no es capaz de recuperarse con la misma velocidad.

Allí llegan de forma ordenada los dolores del exceso, el dolor de cabeza de la bebida, el latigazo de la espalda del esfuerzo, el crónico dolor de rodilla y varios moratones nuevos que no recuerdo habérmelos dados. La edad se ha levantado conmigo y me está obligando a despertar. Hay cuatro arañazos nuevos en mi pecho y en el reflejo del espejo unas marcas de dientes en mi hombro. Mal, estoy mal, no tengo conciencia de nada de eso.

Agua fresca en la cara, pero el sueño continúa recorriendo mi cuerpo y un rugido del estómago me avisa del infinito vacío. En la cocina sólo hay café de hace unos días, una triste pasta que parece dura y mordida. Mejor preparo café nuevo, saco dos tazas y espero a que acabe de hervir. Escucho los pasos a lo lejos y los recuerdos comienzan a llegar en procesión.

Ahí está la cena de la noche, ese vino que ahora es tormento. La pasión en el ascensor, la ropa en el pasillo y el sofá, el exceso de sudor en las sábanas de la cama. Recuerdo cada recodo de un cuerpo ajeno, como besé cada centímetro de ese cuerpo, como lo hice mío con mis propias manos. Imágenes de momentos que es mejor no repetir con palabras, la razón de la mordida y esas marcas en mi pecho y como el clímax se repitió varias veces. Ahora con sonrisa lasciva en los labios, olfateo el café que ya ha acabado.

Esta noche hemos dormido juntos, como lo hacemos todas las noches desde que nos conocemos y cada noche es como la primera vez, un intenso amor que nunca se acaba y siempre rebosante nos llena enteros. En el marco de la puerta estás tú, con el pelo fuego alborotado, el sueño en los restos del maquillaje de tus ojos y tu cuerpo desnudo se esconde del frío en una de mis camisetas grandes. Estás arrebatadora esta mañana y sin espera y con sonrisa lobuna te incito: “Esa camiseta es mía, quítatela” ...porque tu cuerpo desnudo, ahora volverá a ser mío.

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